5 de febrero de 2014

Recuerdos

Oí el recuerdo de una canción que nunca había escuchado antes, y me encontré con sus ojos. 
Eran del color más extraño que hubiera visto jamás. De color avellana, parecían tarros de miel calentados al fuego.
Quise susurrar el nombre de Hayko, pero pensé que era una locura.
En ese momento no sabía que los lobos o los humanos podían ser algo más. 

Venganza.

La hoja corta la carne, y me sacude un estremecimiento de placer, de oscuro regocijo. La venganza no se sirve siempre en plato frío.
La sangre tiñe la nieve de rojo, y los cuervos piden su parte con graznidos roncos y graves, agitando su plumaje negro y escrutándolo todo con sus ojos azabaches y calculadores.
La gloria recorre mi cuerpo.
Me siento bien, o mejor que bien.
Me siento imparable.

The Blood Faith Races

Epílogo.

Silencio. El silencio destroza la escena, rasga el papel y mata el tiempo. El silencio arrebata toda vida, la desgarra.
Mi aliento se extiende hacia el cielo, formando nubes que se separan de mí y fluyen hacia lo alto. Hace frío, y mucho, pero a mí eso no me importa. Me gusta, me hace sentir viva.
Cierro los ojos y escucho los latidos de mi corazón. Tardo un poco, pero al final, los encuentro. Es increíble y maravilloso oír ese sonido, saber que hay calor dentro de mí, que estoy viva. Me parecía tan inhóspito seguir viva al final de la carrera, me parecía tan imposible conseguir ganar...y sin embargo, lo he conseguido. Lo he logrado. A pesar de todo.
Suspiro, y el viento alborota mi pelo castaño. Cierro los ojos y me imagino que sería si él estuviera aquí, conmigo. Caleb. Recuerdo su grito, su llamada.
-¡Dawn! ¡Huye! ¡Corre!
Su voz estaba rota y sesgaba el silencio; casi parecía que el destino se burlase de mí. Quise huir, salir corriendo, pero no pude apartarme. No pude irme de su lado.
Jade levantó la espada, y cuando la bajó todo lo que amaba quedó reducido a pedazos. Se marchitó y ya no tenía sentido seguir luchando.
No entiendo cómo logré vivir, cómo después de todo me salvé.
Respiro lentamente. Sombra me acaricia el hombro con el hocico. Me transmite con sensaciones cómo se siente; triste, apesadumbrado, aliviado.
Ojalá pudiera decirle que también estoy aliviada, pero no es así.
Cojo las riendas y empiezo a caminar por la tundra. Mis pies dejan huellas en la nieve, recuerdos que se extinguirán, como el viento.
La llanura blanca se extiende hacia el horizonte, una basta promesa de libertad, de vida.
Aunque yo no siento que esté viva.
El alcalde me pone una mano en el hombro.
-Dawn, tienes que recoger el premio.
Giro la cabeza y me encuentro con su mirada de suficiencia. No puedo seguir mirándole, así que continúo caminando con la vista fija en el suelo.
-No lo quiero. Quédese todo.
-Pero...Dawn...
Agarro las crines de Sombra y me subo a su silla con ligereza. Sin darle tiempo a hablar, mi caballo empieza a galopar, lejos del pueblo, lejos de las carreras.
Lejos de los recuerdos.
Y de la muerte.

Prólogo.
El miedo hace galopar a mi corazón, se marcha lejos, y mi mente intenta huir de este lugar, de este momento. 
Muchas veces me preguntan cómo es montar a caballo. Qué se siente. La verdad es que nunca sé muy bien qué responder.

Podría contarles muchas cosas...como que el tacto del cuero de las riendas es duro, resistente y fuerte, y que me siento segura cuando esas tiras me rodean las manos. O que cuando estoy encima del caballo, me olvido de mi mundo, de mi realidad, de forma que no soy la misma. También, podría decir que sientes el suelo vibrar bajo tus pies, al compás de los pasos de la montura, que sientes cómo sus músculos se tensan y se destensan, en un círculo vicioso que deja ver la increíble fuerza del animal...y entonces, te unes con él. Formas uno con el caballo, como si fuerais el mismo organismo, como si fuéramos el viento, esas ráfagas que siempre aparecen antes de las tormentas, esas brisas fuertes pero suaves, que te rozan la mejilla.

Alguien me dijo una vez que la mayor unión que existe en el mundo, la unión más fuerte, es la que siente un hombre con su caballo. Que nadie puede romper esa amistad, ese vínculo que se forma.

Es cierto.

Dentro de tres días, cómo todos los años, se celebran las Carreras de Sangre de Fe. Es una competición, una mezcla de supervivencia, de astucia, de habilidad. Trece personas, una de cada familia, deberán correr, y una saldrá victoriosa.
Las demás morirán en el intento, no importa cómo, pero sólo uno se salva.
Son muy peligrosas, los terrenos por los que hay que correr son difíciles, los depredadores nos estarán vigilando para esperar el momento oportuno para saltar sobre nosotros, para darnos caza. O si no, habrán algunos corredores que se matarán como siempre, por la vida.

Empieza una semana difícil para aquellos que corren las carreras...yo participo. Soy la única hija de mi familia, y mis padres ya corrieron...sólo me toca a mí.
Debería de tener miedo...pero no lo tengo. Más bien, me siento...vacía.
La cuenta atrás ha empezado, y cuando termine, empezará la carrera contrarreloj. Todo está en nuestra contra al principio, a menos que seas el primero.

Estoy sentada en la cama de mi habitación, mirando la pared de piedra. No puedo tener los ojos abiertos, pero tampoco cerrados.
Si los abro, veo la carrera, y si los cierro, también.
Es una pesadilla que me persigue hasta cuando no sueño.
La luz de la luna ilumina lentamente la ventana de madera de mi habitación. Desvío la mirada para ver cómo tiñe las casas del pueblo. Son casas de piedra, casas antiguas. No nos hacen mucha falta, ya que la mayoría de tiempo estamos sobre nuestras monturas.

Los otros pueblos de jinetes no son como nosotros. Son nómadas, viajan por todo el mundo, a lomos de su caballo, y se valen de los recursos de la naturaleza para comer, de las estrellas para guiarse y del fuego para calentarse.
A veces, me sorprendo al imaginarme viviendo esa vida. No sé porqué, pero siempre me ha gustado. Siempre he fantaseado con ello.

Si termino la carrera, si salgo viva, eso es lo que haré. Me iré. Siempre he pensado que no tiene sentido vivir anclados a la tierra. No somos la tierra, somos el viento, ese viento que está en constante movimiento, que cabalga por todo el mundo, con pasión, con fervor, con intensidad. La tierra está yerma e inmóvil.

Yo estoy llena de vida.

Tiemblo, suspiro, cierro los ojos. Me estoy ilusionando demasiado...no tengo que pensar en ello. A lo mejor, si dejo de pensar, dejaré de tener miedo.
Lo intento, pero vuelvo a verme dentro de la carrera, vuelvo a verme inmersa en ese mar de polvo, de muerte, de competición.
Me gusta montar a caballo, más que vivir, pero odio acabar con la vida de otra persona, y odio que se jueguen la mía. mi corazón suplica: ¡Vive! ¡Resiste! ¡Tienes derecho a seguir!

Pero estoy obligada. No puedo decir que no puedo correr...pondría la vida de mi familia en peligro.

Bajo de la cama y cojo el arco y las flechas. Aprendí a usarlo desde que era niña, y en la carrera me servirá para matar, tanto animales como persona.
Me estremezco ante la idea, pero recojo unas flechas.

Cuando salgo afuera, oigo un relincho detrás de mi. Sonrío cuando veo una sombra venir hacia mí.
Es mi caballo, Sombra, un caballo negro, mi caballo. Se unió a mí cuando era potro. Los jinetes sólo se emparejan con una montura. La verdad, es que no estoy en absoluto arrepentida de que Sombra me eligiera a mí. Al contrario, siempre me he sentido halagada.
Es un caballo completamente negro, más que un abismo, más que la oscuridad misma. Ni siquiera las pezuñas son claras, son de un color gris oscuro.
Le acaricio el morro a modo de saludo, y pongo una flecha en el arco.
Apunto con la mirada hacia un árbol cercano. La luz de la luna llena lo ilumina todo, así que tengo buena visión.
Respiro lentamente, cierro los ojos, y disparo.
La flecha silba en el aire, rápida, y se clava en el árbol. Las plumas que uso para decorarlas, de color negro, rebotan contra la madera.
Bajo el arco.
Imagino los cascos, retumbando en el suelo, el polvo, invadiéndolo todo. Mi respiración, la de sombra, el calor, los demás jinetes a mi alrededor, las miradas de odio, la muerte...
Todo eso me da vueltas, y me siento de rodillas en el suelo. Sombra, al notar mi tristeza, baja la cabeza y me golpea el hombro. Le acaricio, pero aún así, no me recupero. Respiro agitadamente y empiezo a llorar.

-No. No voy a llorar -digo secándome las lágrimas-. Los demás no lo estarán haciendo. No me compadeceré por los demás. Tengo que ser fuerte, tengo que aguantar, tengo que centrarme en como superaremos esto.

El caballo relincha, y tras despedirme de él, vuelvo a casa. Me tumbo en la cama y me quedo mirando la luna.
Cuando empieza a amanecer, yo sigo durmiendo.

Mis padres me miran preocupados, y empiezan a hacer las tareas sin despertarme.




(Comentar si queréis más) 
Mi vida, por la tuya.

El caballo alzó las patas delanteras, y, por un momento, pensé que iba a morir. El viento dejó de soplar, los pájaros callaron y el tiempo parecía haberse detenido.
Pero, de repente, apareció de entre los árboles un fantasma blanco que chocó contra el caballo y lo hizo caer, al igual que a su jinete.
Del bosque, rápidamente fueron apareciendo más lobos, todos blancos como la luna, como la nieve, y se abalanzaron contra los que iban a acabar con mi vida.
Oí un gruñido a mi espalda, y me giré a tiempo para ver a un lobo gris que se acercaba con un andar tranquilo y sosegado. Pasó por mi lado, y, me encontré con su mirada durante un segundo.
Sus ojos amarillos me enviaron un mensaje silencioso.
Estamos en paz.
Era el lobo salvé hace unas semanas. Me había devuelto el favor. Me había salvado la vida.
Con la mirada yo también, le agradecí que me hubiera salvado, y me interné en el bosque antes de que los gritos del joven pudieran llegar a mis oídos.
Promesas. 

Nada puede pararme.
Recorro rápidamente la linde de la carretera, zancada a zancada, alejándome de mi anterior vida.
Dejándolo todo atrás.
Abandonando lo que amo.
El sol incide en mi pelaje y éste brilla en un universo único de negros, grises y marrones.
Debería tener miedo.
Debería.
Me hago la promesa de volver.

La mirada.


Y los susurros se mezclaron con la luz del alba, y las palabras acariciaron levemente una promesa rota hace tiempo.
En la nieve, había un cuerpo, una masa encogida y tendida sobre un charco de sangre.
Me acerqué dos pasos, y el lobo giró la cabeza hacia mí.
Al verle los ojos, me quedé sin voz.
Pi.

-¡Corre mamá! ¡Rápido, o llegaremos tarde! -gritaba el cachorro, moviendo la cola y pegando saltos. Sus ojos azules brillaban con intensidad, y su hocico no se estaba quieto, deseoso de captar todos los olores que nos llegaban con el viento.
Yo estaba a su lado, medio sentada, medio incorporada, porque el viento era tan fuerte que me empujaba. Apoyé las patas delante de mí para no caer de morros contra el suelo, y le enseñé los dientes al cachorro, emitiendo un gruñido grave.
-¡Pi, cállate de una vez! -grité por encima de las ráfagas de la inminente tormenta que no tardaría en caer, lo sabía por el olor a lluvia que traía el viento. Me gustaba ese olor a humedad, a fresco, a invierno.
Y yo amaba al invierno.
El lobezno agachó las orejas y se calló, apartándose unos pasos de mí.
Sonreí levemente y moví un poco la cola.
-Oh vamos Pi, no te enfades, pero no podía dejar que gritases tanto. Si gritas, las presas se escapan, ¿entiendes?
Pi volvió la cabeza atrás para ver si mi madre venía, y al comprobar que no, se acercó y se sentó a mi lado.
-Lo siento, hermana -dijo moviendo lentamente la cola-. Pero es que tengo ganas de empezar...
Alcé la cabeza y oteé el horizonte, observando la vasta llanura que se extendía delante de nosotros, y los montes de más allá. Inspiré lentamente, y, por un momento, me dio miedo todo el vacío que había, la inmensidad del horizonte. Comparado con la grandeza de aquello, nosotros éramos un trozo de polvo insignificante.
Giré la cabeza hacia mi hermano pequeño, y conseguí sentarme de forma que el viento me golpease a mí, no a él. Alzó la mirada hacia mí y me encontré con sus ojos azules, inocentes, aún ingenuos. Esa mirada tan pura y tan bella me dejó sin palabras, igual que la vastedad del mundo lo había hecho antes.
-Pero Pi, aún queda mucho para que podamos cazar. Antes hay que hacer El Viaje -contesté.
Agachó las orejas y soltó un gemido que se fundió con las brisas de viento.
-¿No podemos cazar primero? ¿Porqué, Faith? ¡Dímelo! Yo quiero cazar primero...
Bajé la cabeza para encontrarme cara a cara con sus ojos, e intenté mostrarme segura de mí misma. Debía ser fuerte por mi hermano.
-Aquí hay algo malo, pequeño. No es seguro seguir aquí. Tenemos que marcharnos, y cuando estemos a salvo podremos cazar tantas veces como quieras. Te lo prometo.
Volví a alzar la cabeza y cerré los ojos. No quería que mi hermano viera las lágrimas que empezaban a asomar. Recordaba el motivo de porqué era peligroso seguir donde nos encontrábamos.
Esa tierra estaba maldita. O puede que no fuera la tierra, pero debíamos alejarnos. Los cazadores humanos, los últimos que quedan en este mundo desolado, habían encontrado nuestra madriguera, y, a consecuencia de ello, la mayoría de la camada de mi hermano murió. Aún recordaba los tiroteos, los truenos que resonaron en el bosque. Yo corrí todo lo que mis patas me permitieron, cogí a mi hermano, que en esos momentos se había alejado del cubil sin vigilancia, y lo escondí en el agujero de un árbol caído, susurrándole que no se moviera de ahí. Sin perder tiempo, volví donde mi familia estaba intentando luchar para proteger a su familia.
Eran tres humanos, creo, porque apenas se podían distinguir. Llevaban pieles extrañas, que le tapaban los ojos y el hocico, y apenas se les podía diferenciar de un árbol. Detrás de ellos ladraban muchos perros, más de una manada de perros que se parecían a nosotros pero no lo eran.
Mi madre estaba a la fila, delante del cubil, de pie, con el pelaje castaño erizado, la cola alzada y los dientes al descubierto. Sus orejas estaban tan pegadas a su cráneo que apenas podía distinguirlas en su pelaje parduzco. Estaba protegiendo con su cuerpo al cachorro al que habían agredido los humanos. Su cuerpo estaba ensangrentado, encogido en el charco de su sufrimiento.
No pude pensar. Ni si quiera sé qué pasó por mi mente en esos momentos. Sólo sé que la rabia me invadió tanto que ya no pude ser consciente de mis actos.
Sí que recuerdo que maté, que acabé con la vida de muchos perros y de muchos hombres, que resultaban ser más de los tres que había contado antes. Aún tengo el sabor de su sangre entre mis dientes, el sonido que hace su piel cuando se desgarra, sus gritos, sus insultos, sus gruñidos, sus truenos. También recuerdo a los demás lobos saltando sobre los demás perros, intentando proteger a los cachorros, que estaban apretujados en el medio del corro de la manada, gimiendo y llorando, sin saber qué estaba pasando en esos momentos, pero con el olor del miedo recorriéndoles el oscuro pelaje.
En medio de todo esa confusión, conseguí vislumbrar a mi madre. Estaba defendiéndose de media docena de perros, que saltaban sobre ella, que la desgarraban, que la devoraban viva.
Grité, grité como nunca lo había hecho en mi vida. Y tuve miedo, miedo de verdad. Ese tipo de miedo que es capaz de hacer parar a tu corazón.
Corrí hacia ella, pero alguien me empujó y caí al suelo de lado, dándome en los pulmones. Por un momento, por un desagradable momento, no podía respirar. Me quedé en estado se shock, y no podía moverme ni reaccionar. Al menos, no hasta que el pecho empezó a arderme, y entonces sí que conseguí respirar de nuevo. Jadeé e intenté incorporarme, pero una voz me susurró:
-No te muevas.
Giré la cabeza y me encontré con la mirada de mi padre, un lobo castaño oscuro que me observaba con tristeza. Estaba tumbado y del cuello le salía mucha sangre. Jadeé de ansiedad y me acerqué lentamente a él, arrastrándome con las patas delanteras por el suelo polvoriento que olía a miedo.
No podía hablar. Quería preguntarle qué iba a pasar, pero no necesitaba que me respondiese. Iba a morir, como el cachorro apretujado al que los humanos habían disparado.
-No te muevas -me repitió-. Si quieres vivir, no te muevas. Los lobos que sobrevivan necesitarán a alguien que les ayude, y tú eres lista.
-Papá, ¿vas a...? No puedo, no puedo dejar que muráis. Ni tú, ni mamá.
El lobo oscuro cerró los ojos, y gimió de dolor. Después volvió a abrirlos.
-¡Oh no, mamá! -me acordé de pronto, y me incorporé a pesar de que mi padre gruñó.
Alcé la mirada hacia el lugar donde antes estaba ella, pero no había nada. Observé alrededor pensando que podría estar, pero no la encontraba en ningún lado. Los perros saltaban contra los lobos de la manada, pero no estaba. Mamá.
Me encogí para saltar encima de uno de los perros, pero algo me agarró del cuello y perdí la conciencia.

Cuando me desperté, los perros y los humanos se habían ido. Y mis compañeros con ellos.
Me levanté titubeante y débil, porque el que me había cogido me había hecho un corte en la zona de los hombros, y había perdido sangre, pero aún así, logré incorporarme.
No había ningún cuerpo. Nadie. El claro estaba desierto. La única prueba de que lo que había pasado había sido real era la mancha de sangre del cachorro que recibió el disparo. En ese momento estaba oscura, casi negra. Absurda comparada con todo el horror que había pasado la manada.
Me sentía pequeña, débil, vulnerable e indecisa. No podía creer que la manada hubiera desaparecido.
No podía creer que me había quedado yo sola.
Pasé dos noches en el claro, aullando, llamando a mi manada, pensando en que algún lobo me respondería, pero no fue así. El tiempo pasaba y yo seguía sola, y el único que respondía a mis aullidos era el silencio.
Estaba muy dolida, rota. Ya no era una loba, ya no era nada. Sin mi manada, ya no quedaba nada de mí.
Y en ese momento me acordé de que había escondido a Pi en el árbol. Fue un rayo de luz, un rayo de esperanza. "No estoy sola", pensé. Fue egoísta por mi parte pensar de esa manera, pero no pude evitarlo. En ese momento en el que lo había perdido todo, sentía que debía morir, al igual que mi familia, pero al acordarme de Pi, un nuevo camino se abrió para mí.
Corrí hacia el árbol lo más rápido que pude, y cuando encontré el árbol me llegó a la mente el pensamiento de que tal vez hubiera muerto. Tal vez los perros lo habían encontrado.
Pero no fue así. En cuanto me oyó, asomó la cabecita y alzó las orejas, y me saludó con lamidas y ladridos de feliz. Casi estuve a punto de llorar en ese momento, pero me sentía feliz porque no estaba sola, y porque le había salvado la vida. Le lamí y le acaricié y jugué con él durante un día entero.
Cuando me preguntó dónde estaban papá y mamá, y la manada, le respondí que se habían ido de viaje, para  conseguir comida. Cuando preguntó por sus hermanos, le conté que también se habían ido, porque ya eran grandes para poder andar. Cuando me preguntó porqué nos habíamos quedado aquí nosotros, le respondí que la manada necesitaba a dos lobos valientes que se encargasen de vigilar el cubil mientras ellos estaban fuera, y que luego los alcanzaríamos. Se lo creyó, y pensé que era la peor hermana que un cachorro puede tener.
Y ahora nos encontramos en ese momento, en el que yo no sabía si debíamos irnos o si debíamos quedarnos. Pi escondió su hocico en mi pelaje negro y gimió.
-¿Qué te pasa, pequeño?
Alzó su mirada azul hacia mí.
-Tengo miedo.
-¿De qué?
-De estar solo.
-Nunca estarás solo, pequeño. Me tienes a mí.
-¿Pero, para siempre, hermana?
-Para siempre, Pi.
Lo estreché contra mí y me dio una lamida en el hocico.
-¿Aún sigues pensando en esa cacería, Pi?
Empezó a mover la cola. Su pelaje castaño oscuro empezó a temblar de excitación.
-¡Sí!
Me levanté con lentitud y alcé la mirada de nuevo hacia el horizonte.
Ese lugar no era seguro.
-Pues vamos a empezar el Viaje, y te prometo que cuando lleguemos podrás cazar todo lo que quieras.
Se levantó y se puso a mi lado.
-¿Llegar a donde?
Empecé a caminar, hundiendo las patas en la nieve que había estado presente en nuestro territorio siempre, y donde siempre estaría. El viento nos acarició de nuevo, pero esa vez no vino sólo.
Vino acompañado de nieve.
-A donde esté nuestra manada.
Estaba nevando.
Alma de música.

Tocaba, la música volaba y hacía vibrar el ambiente a mi alrededor. El sonido de mi violín parecía unir a todas las personas que habían en la plaza, y eso me daba fuerzas para seguir tocando. Era algo mágico, increíble.
Creaba reacciones sólo con mi música. Alimentaba el corazón de esas personas sólo con mi música.
No soy muy vanidosa, pero tengo que decir que tocaba de muerte. Era como si el violín fuera una parte de mi cuerpo, un viejo amigo que conocía más que a mí misma y sabía cómo crear con él melodías dulces y suaves, o atronadoras y fuertes.
La gente a mí alrededor me miraban sorprendidos; algunos aplaudían, otros chillaban. Les enloquecía. Me los estaba ganando.
Aumente el ritmo de la canción y mis compañeros de orquesta tuvieron que intentar seguirme. Dan me miró con la cabeza ladeada desde su teclado, y luego tocó más suave. Jade aumentó la velocidad de su chelo y Amy se acompasó con su violín.
Éramos una combinación perfecta, y nadie podía pararnos. El suelo temblaba bajo nuestros pies y hasta las palomas se acercaban para oír nuestra música.
Estábamos creando vida.
En un momento el ritmo aumentó, y empezamos a tocar más rápido. Nosotros sudábamos como mares y los músculos nos pedían descanso, pero yo no podía parar. Y el resto de mi grupo me seguía.
Mi pelo rubio se deslizó en el aire cuando sacudí la cabeza. Lo tenía recogido en un  moño algo mal hecho pero era suficiente. Algunos mechones se salieron y se me pusieron en la frente.
La canción iba por la parte final; faltaba el estribillo más fuerte, y después acabaría. Es como el fuego: antes de morir, estalla en una última llama enorme para después extinguirse. Es como el corazón, que antes de quedarse inmóvil empieza a bombear frenético.
La gente empezó a chillar, pidiéndonos más. Dan abrió los brazos y les dedicó a las chicas una sonrisa arrebatadora. Pensé que se había ganado unas cuantas fans sólo con aquella sonrisa.
Llegamos al estribillo. Nuestros brazos temblaban por la fuerza de la música, y yo cerré los ojos, dejándome llevar por la melodía, por la magia. Era como una especie de ronroneo que me recorría el cuerpo y lo controlaba por mí.
Terminamos, y la gente estalló en vítores. La funda del violín de Amy se empezó a llenar de dinero, y el público nos aplaudía, enloquecida.
Abrí los ojos, y la plaza de Canden me devolvió la mirada, una mirada cómplice que sólo vi yo.
Dan apoyó una mano en mi hombro.
-Bien hecho. Ha sido espectacular.
En su voz había admiración. Era increíble, el chico más egoísta del mundo me admiraba.
Sonreí, una sonrisa muy grande y sincera, e intenté coger aire, porque estaba derrotada.
-Gracias. Hemos sido todos, lo hemos hecho genial.
-Sí, pero tú la que más. Hacías magia con ese violín, es como si te hablara y supieras entenderlo.
Empecé a reír y guardé el violín. Algunos del público se acercaron para comprar nuestro disco.
-Algo así. Sí, algo así.
El frío me revolvió el pelo, y me estremecí un poco. Había sido un momento increíble, y sólo podía pensar:
Recordaré esto el resto de mi vida.
Los caballos de metal me guiñaron un ojo, y en ese momento supe que estaba en casa, y que la música vivía tanto en este lugar que nos había atrapado a todos.
Era inmensamente feliz.
(relato inspirado en una escena REAL, en la plaza Canden de Londres. Gracias al grupo que estaba tocando en esa plaza, me llenaron de inspiración y de magia. Vuestra música es increíble chicos. Increíble.)


Cries of winter: reconocimiento.

"-¿De verdad podría ser capaz de aguantar? ¿Estar cerca de ella sin poder hablarle, sin poder mirarle a los ojos, sin poder oír su voz, simplemente haciendo como si no estuviese?
+Es lo que debes hacer. Si no lo haces, desfallecerás y entonces te pillarán. Y no sólo estarás en peligro tú, sino también ella.
-¿Porqué ella? ¿Porqué estaría en peligro?
+No lo sé, pero algo me dice que sería así. Si pasa lo que...ocurrirá si te acercas a ella, puede que también ella pase por lo mismo. Y no sólo te tendrían a ti. Laura también podría acabar como alfombra para alguna mansión de algún rico.
Le miré fijamente. En los ojos de mi amigo pude ver que decía la verdad, que, realmente, me estaba contando lo que sabía. Suspiré, y me pregunté qué sería lo que Lucas vería en los míos.
Apreté los puños; sentí cómo los músculos chirriaban bajo mi piel, cómo los huesos crujían. Me quedé en silencio disfrutando de la situación, aún asombrado por este cuerpo humano del que aún no me había acostumbrado. Acaricié por un momento la posibilidad de poder estar cerca de Laura; cómo sería si todo fuera diferente y no hubiera peligro. Si yo fuera otro chico, uno normal. Si la historia hubiera sido distinta.
Pero no era así, y lo sabía. El sueño se desvaneció con un soplo de viento y mis ojos se oscurecieron.
+¿Trébor? -preguntó Lucas. Su voz temblaba. Alcé la mirada para ver qué le aterrorizaba en esos momentos.
Era Laura, que venía hacia aquí. Avanzaba dando grandes zancadas, como si quisiese dejar su huella en la tierra, como si quisiera pagar su fustración con el suelo. Su pelo castaño se sacudía detrás de ella y sus ojos brillaban. Por un momento, recordé la cara de ella cuando montaba a caballo. Los mismos ojos, llenos de vida. La misma expresión, llena de pasión, de fuego. Aunque esta vez no estaba alegre, sino cabreada.
Me quedé sin habla. No podía respirar, ni apartar los ojos de ella. Sé que debería de haberme ido en ese momento...pero...no pude. Simplemente, una parte de mí no quiso moverse.
Y esa parte venció.
Cuando llegó a mí, me soltó un empujón tan fuerte que a punto estuve de caer al suelo. Su aroma me inundó y me vi en otro lugar, en otro momento. Intenté no captar su olor tapándome la nariz.
Sus ojos chispeaban, dos pequeñas hogueras incandescentes alcanzando su clímax. Alzó las manos para empujarme de nuevo, pero la detuve cogiéndole las muñecas.
Lucas me alertó con un carraspeo.
No hacía falta que me avisara. Sabía que me estaba sobrepasando. Ya podía notar cómo mi cuerpo iba durmiéndose lentamente, cómo las manos me empezaban a temblar, cómo empezaba a tener frío, mucho frío.
La solté con dificultad y retrocedí varios pasos, volviendo a taparme la nariz.
-¿Qué quieres?
Me lanzó una mirada rabiosa.
-¿Tú que crees? Eres un capullo, un imbécil. ¿Porqué le dijiste al coordinador que no era eficiente? ¿Porqué te inventaste que mi trabajo no era bueno, que debía salir del proyecto? ¡¿Porqué apoyaste la idea de eliminarme de todo esto?! ¡Eres un capullo! ¡Hijo de puta!
Volvió a acercarse para pegarme, pero esta vez Lucas se puso en medio.
-Laura...Trébor no ha hecho nada.
Ella se secó las lágrimas que había derramado con la manga. Dios. Verla llorar supuso para mí que todas mis barreras se derrumbasen. Dejé de luchar.
El cuerpo me empezó a temblar violentamente. Intenté ocultarlo, pegar las manos contra mis piernas, morderme los labios, pero no sirvió.
Laura lo malinterpretó, y eso la encolerizó mucho más. Se soltó del agarre de Lucas y me pegó un puñetazo.
-¡Cabrón! ¡Te odio! ¡Te odio! ¿Sabes lo que me gustaba el proyecto? ¿Sabes lo importante que era para mí? ¡Lo sabías, joder! ¡Y aún así me has echado!
Empezó a llorar en mi pecho. Los brazos me temblaban cuando intenté apartarla.
Lucas la cogió de los hombros.
-No te he echado -dije con voz rasposa-. Yo me voy.
Las palabras me salieron sin más, un torrente se sentimientos que no pude frenar.
Me marché corriendo, sintiendo cómo los músculos empezaban a dormirse.
Cerré los ojos mientras entraba en el bosque, y, por un momento, me vi a mi mismo, en otra forma, al lado de una Laura más joven, jugando en un prado lleno de flores. El corazón me dio un pinchazo, y solté un gruñido.
Lo haría. Lo dejaría todo. Porque ella era más importante para mí que cumplir mi sueño.
Intenté adentrarme más en el bosque, pero no me dio tiempo. El frío consumió mi cuerpo y me derrumbé en el suelo, sintiendo cómo todo se me dormía. No podía moverme.
Me sacudió una jaqueca insoportable, y me desmayé.
Cuando abrí los ojos, era un lobo."

Dawn.

Todo comenzó hace dos años. Era invierno. Los copos de nieve desfilaban a mi alrededor, suaves, dulces, bailarines de acrobacias que morían al tocar el suelo. Yo deseaba fundirme con el bosque, con esa inmensidad que me llamaba, que me atraía con una intensidad angustiosa. Mi corazón latia cada segundo por escapar entre los árboles, y perderme entre la espesura, sin mirar atrás.
Toda yo, todo mi mundo, estaba roto. ¿De que me servía seguir allí? Las noches en vela preocupándome por el estado de mis padres, que se habían vuelto alcohólicos y prepotentes desde la muerte de mi hermana, y las tensiones en el instituto por mi falta de amistades, hacían que mi corazón, que mi propia vida se reduciera a añicos.
No era nada. Mi vida se basaba en esperar sentada durante horas al lado de la ventana a que volvieran mis padres; mi vida era la soledad, la angustia, el silencio que me carcomía y consumía lentamente.
Al final, escapé. Aquel día que fuimos al parque de Virginia, donde aún quedaban resquicios de esa naturaleza salvaje que antes invadía todo Estados Unidos.
El bosque me llamaba. Era un sentimiento extraño, profundo, insoportable. Me hacía agarrarme al asiento con los nudillos blancos mientras los copos de nieve arañaban el cristal del coche. Me hacía desear saltar de la ventana y correr sin fin, perderme.
Mis padres salieron del coche después de aparcar. Recuerdo aún sus caras: mi madre, con los ojos azules entrecerrados, la cara tensa, y su pelo castaño danzando a su alrededor; mi padre, con una sonrisa en los labios y sus ojos castaños chispeantes, ardientes. Ambos salieron como si el hecho de ir juntos cambiara los acontecimientos de los anteriores meses. Pero yo no había olvidado nada de eso. Dudo que algún día pueda olvidarlo.
Yo salí del coche lentamente, relajada, observándolo todo con mis ojos caramelo, sintiendo la presencia de todos los animales de los alrededores.
Sentía que querían que me fundiera con lo salvaje.
Comenzamos a caminar por un camino de travesía. El terreno era llano, vacío en comparación con el vasto bosque que se extendía más allá.
-Verás, Dawn -dijo mi padre agarrándome del hombro-. Tu madre y yo hemos llegado a la conclusión de que aquí no eres feliz.
No contesté. La nieve fue cubriendo mi pelo poco a poco, y me acariciaba las mejillas. Me gustaba esa sensación. Parecía que el invierno me daba su apoyo, me susurraba palabras que sólo yo entendía.
-Hemos decidido llevarte a un internado, para que no tengas que preocuparte más por nosotros -dijo mi madre con una sonrisa de disculpa.
Internado. Normas. Menos libertad de la que tenía en esos momentos. El corazón me latía a mil por hora, me suplicaba que huyese, que rompiera estas cadenas y dejara todo eso atrás.
-No -contesté. Mi voz se ahogó con una brisa de viento-. No podéis hacerlo.
Mi padre me fue empujando lentamente. La nieve crujía bajo mis pies; el sonido lo percibía lejano, difuso, como si estuviera allí pero al mismo tiempo yo estuviera lejos.
Un hombre se acercaba en nuestra dirección. Vestía completamente de negro, a excepción de un sombrero gris que le tapaba gran parte de la faz. Se paró delante de mí y susurró mi nombre.
-Dawn, tienes que venir conmigo.
Me giré y vi que mis padres habían retrocedido varios pasos.
Entonces, me di cuenta de que no iba a ir a un internado.
En ese momento, el hombre de la gabardina me cogió de los brazos y me arrastró bosque adentro. Quise chillar, quise rebelarme, pero sabía que no serviría para nada. Los únicos que podrían oírme eran mis padres, y éstos me habían vendido. Lo sabía. Sus ojos me lo decían.

Poco rato después el bosque se había vuelto muy espeso. Apenas se filtraban los rayos de sol.
Me intenté soltar, pero ahora las manos me aferraban con fuerza. Tanta que chillé de dolor.
El hombre de la gabardina me tiró al suelo, y caí sobre la nieve blanda. El frío me cosquilleó la piel y en ese momento no me pareció tan inofensiva.
Me di la vuelta, y me encontré cara a cara con un lobo. Tenía los ojos completamente grises.
Olfateó el aire, y debió de captar algo, porque gruñó, y saltó hacia mí.
Otros dos lobos que no había visto antes le secundaron, y en un momento me vi rodeada por los lobos. Sus dientes desgarraban mi ropa y mi piel, sus alientos me susurraban palabras de muerte, sus ojos me trasmitían el deseo de la caza.
Pude luchar, pero no lo hice. Ya nada tenía sentido; luchar habría significado morir de otro modo. Sabía que no me quedaba nada.
Uno de los lobos me miró fijamente. Era un lobo adulto, de color gris oscuro y ojos marrones. En sus ojos no había ansia, ni muerte.
En sus ojos me vi a mi misma.
El lobo gruñó a los demás, y los separó de mí. Me miró fijamente, y después, se tumbó a mi lado, apoyando su cabeza en mi pecho.
Pensé que ese día iba a morir. Pensé que mi luz se apagaría. Pero no.
Ese día, volví a nacer de nuevo.
Ese día, los lobos esperaron, tumbados en una nieve teñida de sangre.
Ese día, yo desperté como una loba.

Y el frío volvió a parecerme inofensivo de nuevo.
Plantilla "White Wolf" © creada por Agustina Fuente, de Batalla de los Reinos. 2014. Con la tecnología de Blogger.